A ti te mataron por contar la verdad y por ello no debes morir en vano, Javier. La multitud te llora, pero también te olvida ante el paso de otros temas y distractores, a veces creados ex profeso por los poderosos a los que no conviene la información mediática.

Y aunque queremos hacernos los valientes, tus compañeros y colegas todavía tenemos miedo. ¡Queremos vivir! Hacer nuestro trabajo sin que nadie nos amenace o nos mate por informar la realidad. Pero estamos solos y las autoridades también son nuestras enemigas.

En este desierto de impunidad en el que caminamos descalzos, estás tú Javier, como un oasis, con tu memoria, tu ejemplo, tu trabajo, tu profesionalismo, tu sencillez, tu visión y tus acertadas palabras.

Te leo y me convenzo más de que no eras tú el problema. Tú hacías tu trabajo. Así de injusta la vida, y la muerte, que te llevó a ti y dejó a tus asesinos: esos que no entendieron que no se aniquila la verdad matando al mensajero.

Aún estás presente en nuestras discusiones, en nuestros anhelos como sociedad, en nuestros lugares comunes y diferencias respetuosas. En nuestros caminos bifurcados y en nuestras coincidencias.

Tu ausencia física nos dejó un legado: te volviste nuestra conciencia colectiva. Sí Javier, tú eres nuestro maestro y nos enseñaste a nunca callarnos ante nada, ni ante nadie. Descansa en paz querido amigo.

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